martes, 30 de agosto de 2011

Noticia de Augusto Ferrán. Su poesía (La pereza, 1)

La pereza (1870)

Hay una pereza activa
que mientras descansa piensa,
que calla porque se vence,
que duerme pero que sueña.

Es como un leve reflejo
de la majestad suprema,
que eternamente tranquila,
sobre el universo reina.

¡Oh asilo del pensamiento
errante, dulce pereza;
mil veces feliz el hombre
que de ti goza en la tierra!

I

Es tanta la confusión
que oculto dentro del pecho,
que ya no sé mis pesares
distinguir de los ajenos.

Por eso cuando te pones
a contarme tus fatigas,
digo para mis adentros:
«¿pues no son esas las mías?»

II

Voy como si fuera preso:
detrás camina mi sombra,
delante mis pensamientos.

III

Es una historia sencilla:
ella quería de veras,
y él de veras no quería.

IV

Mira si estoy ya cansado,
que por el día me acuesto
y de noche me levanto.

V

Para ver si se dormían,
encerré en mi corazón
de mis penas las mejores,
y mal la prueba salió.

Mal la prueba me salió,
porque al continuo latir
del corazón, no pudieron
mis pobres penas dormir.

VI

Desde la mañana
hasta la alta noche,
¡siempre luchando el cuerpo ya viejo
con el alma aún joven!

VII

Pesar como el mío
yo no lo conozco:
entre las gentes no digo palabra,
y hablo si estoy solo.

VIII

Ya ha venido Mayo
con lluvias y vientos;
llega tan triste, porque mis pesares
le contó el invierno.

IX

No son siempre tan humildes
las vïoletas que ocultas
entre la maleza viven.

Ellas tienen su perfume,
y desde lejos te llaman,
por más que siempre se oculten.

X

¡Jesús, qué bonita eres!
si Dios te hizo, ¿cómo pudo
dejarte después de hacerte?

XI

Vida y muerte, tierra y cielo,
triste noche, alegre sol;
cuanto en el mundo contemplas
con alegría o dolor;

Todo, si me quieres bien,
me atrevo a dártelo yo...
pues de todo llevo un poco
dentro de mi corazón.

XII

En la casita de enfrente
y en la casita de al lado,
viven mi novia y mi madre,
mi perdición y mi amparo.

XIII

Mira que todos conocen
que no viéndonos de día,
nos hemos de ver de noche.

XIV

¡No me quieres dar un beso,
y me das el corazón
como si valiera menos!

XV

¡Qué a gusto sería
sombra de tu cuerpo!
todas las horas del día, de cerca
te iría siguiendo.

Y mientras la noche
reinara en silencio,
toda la noche tu sombra estaría,
pegada a tu cuerpo.

Y cuando la muerte
llegara a vencerlo,
sólo una sombra por siempre serían
tu sombra y tu cuerpo.

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