martes, 29 de noviembre de 2011

Noticia de Augusto ferrán. Su poesía. (La pereza, 7 y fin)

CXXVI

«Se ha muerto... Dios le perdone...»        
dicen todos; y yo añado        
bajito: «¡Dios y los hombres!»        

CXXVII

PRIMER CANTADOR

Le tengo miedo al querer,        
porque he visto mucha gente        
que se ha perdido por él.        

SEGUNDO CANTADOR

Quita el querer, y verás        
cómo solamente encuentras        
odio en todo lo demás.        

CXXVIII

Alta es del ciprés la copa,        
pero también sus raíces,        
aunque no se ven, son hondas.        

CXXIX

Al ver en la lumbre        
las cepas, me digo:        
¿si de estas cepas que dan tan buen fuego        
habré yo bebido?        

CXXX

Un sabio dijo hace tiempo:        
«El que se muere no da        
lo suyo, sino lo ajeno.»        

CXXXI

PRIMER CANTADOR

Son ¡ay! mis recuerdos sombra        
de la luz de mi esperanza:        
la sombra no muere nunca,        
y la luz pronto se apaga.        

SEGUNDO CANTADOR

Luz y sombra, todo es uno        
si con el alma se miran,        
y no son más los recuerdos        
que esperanzas ya perdidas.        

CXXXII

¡Ha de apagarse este fuego        
que me alienta y me da vida,        
y recuerdos y esperanzas,        
y pesares y alegrías!        

¡Y de un fuego tan ardiente        
sólo quedarán cenizas,        
sin un resplandor siquiera,        
que dure tan sólo un día!...        

¡Ay! ¡es muy triste, muy triste,        
cuando una luz agoniza,        
no saber dónde se pierde        
su brilladora alegría!        

CXXXIII

Oigo a veces entre sueños        
que alguien me dice: «¡tú mueres        
para que yo viva eterna!»        

CXXXIV

Le dijo bajo al oído,        
mientras sacaba el puñal:        
«¡ya que me dejaste solo,        
quiero que sea verdad!»        

CXXXV

Yo tenía amigos:        
todos se murieron...        
¡ay! ¡cuánta falta me hacen ahora        
que me estoy muriendo!        

CXXXVI

¿La tierra?... No olvides        
que tú de ella naces,        
y de ella vives, y vuelves a ella        
cuando muerto caes.        

No mires al cielo        
siempre en tus afanes;        
¡mira a la tierra, que enseñarte puede        
lo que aún no sabes!        

CXXXVII

Quiero seguir los consejos        
que me dais, gentes honradas,        
y a este corazón rebelde        
cortarle a tiempo las alas.        

Vuestro soy hasta que muera...        
pero, como última gracia,        
dejadme otra vez querer,        
otra vez no más, y basta.        

CXXXVIII

Eso que estás esperando        
día y noche, y nunca viene;        
eso que siempre te falta        
mientras vives, es la muerte.        

CXXXIX

A medida que me acerco        
a la muerte silenciosa,        
duermo más, pero no sueño.        

CXL

El amor que el egoísta        
tiene a su propia persona,        
es como el humo del fuego,        
que no calienta y ahoga.        

CXLI

De caminar ya rendido        
me senté, al caer la tarde,        
a la orilla del camino.        

Era un camino penoso,        
tanto, que yo no podía        
seguir caminando solo.        

Allí, triste y en silencio,        
vi llegar la oscura noche        
que despierta los recuerdos.        

Larga noche, en que mi alma,        
mientras el cuerpo dormía,        
con sus recuerdos velaba...        

Pasó la noche, y pasaron        
otros días y otras noches,        
porque el camino era largo.        

Y caminé hasta que un día        
durmiose el cuerpo... ¡y aún duerme        
mientras el alma vigila!

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