lunes, 11 de marzo de 2013

Mesonero Romanos repasa la historia del Diario de Madrid

I

Por real privilegio, firmado en el Sitio del Buen Retiro por el rey D. Fernando VI, en 17 de enero 1758, se concedió permiso a don Manuel Ruiz de Urive y Compañía para publicar en esta corte un Diario curioso, erudito, comercial y económico. Dicho Urive dio principio a su publicación el 1º de febrero del mismo año, dándole la forma de medio pliego español, y componiéndole de discursos eruditos, y una segunda parte dedicada a las noticias comerciales de ventas, alquileres, etc., y he aquí el principio del Diario de Madrid, de cuyas primeras y mezquinas bases se ha ido apartando tan lentamente con el trascurso del tiempo y de los adelantos de la perfección social.

Desde luego llamó mucho la atención del público por la importancia y utilidad de su objeto, y el Gobierno por su parte no dejó de sacar partido de su publicación, haciendo insertar en él aquellas noticias y advertencias que juzgaba oportunas. Entre otras, y como muestra de la época, citaremos únicamente la disposición del juez de imprentas, que al mes de la publicación, y con fecha de 9 de marzo del mismo año de 1758, dispuso que la primera página del Diario la ocupase la vida del Santo del día; y así se empezó a verificar desde el siguiente, 10 de marzo, con notable entretenimiento sin duda y edificación de los lectores. Sin embargo, no debieron ser éstos tan completos, cuando vemos que esta piadosa costumbre no se observó sino el resto de aquel año, dejando de poner dicho capítulo en 1º de enero del siguiente de 1759.

Desde entonces empezó a insertar en su primera parte discursos eruditos y científicos sobre historia, viajes, geografía, astronomía y otras ciencias, que si bien no decían nada de nuevo ni eran otra cosa que copias miserables de obras conocidas, no dejaban de tener un objeto laudable.

Por este tiempo fue cuando, apoderándose el editor de la "Historia general de los viajes", tuvo la entretenida ocurrencia de ir copiando en un Diario de medio pliego algunos tomos de ella, lo cual no deja de ser una prueba más de la candidez de aquella época bienaventurada. Sin embargo, sea que el público no correspondiese con su gratitud a aquel torrente de ilustración, sea por cualquiera otra causa, es lo cierto que el Diario por entonces no llevó una marcha tan firme, que no hubiera de sufrir sus intercadencias, y así le vemos eclipsarse de vez en cuando, y dejar de salir, por ejemplo, todo el año de 1775, volviendo a aparecer en 1º de enero de 1776, tornando a suspenderse en 1º de julio de dicho año y durante todo el de 1777, y cesando, en fin, de todo punto en 31 de diciembre de 1781.

Apagose por fin aquella luminosa antorcha matritense, y puesto que seamos historiadores de ella, no nos atreveremos a asegurar si el público de la capital la olvidó pronto, o si bien, una vez conocida su utilidad, se condolió de su desaparición; pero hablando con la buena fe que nos caracteriza, como que nos inclinamos a creer esto último, y sin duda hubo de pensar así el extranjero don Santiago Thewin, que considerando el partido que podía sacarse de esta publicación solicitó y obtuvo el permiso para continuarla; y en su consecuencia, empezó a salir a luz el Diario curioso, erudito y comercial, en 1º de julio de 1786. De esta época, pues, data la verdadera existencia del Diario de Madrid, y desde luego por su redacción y por su forma empezó a tener más analogía con el verdadero objeto de su publicación.

Un observador que cotejase el primer Diario de Urive con el de Thewin, por las materias contenidas en la primera parte, no dejaría de reconocer el progreso que los conocimientos y el gusto iban adquiriendo, así como también el mayor movimiento mercantil e industrial de la capital, por el número de anuncios que ya contenía. Bajo todos conceptos, pues, no se puede negar a D. Santiago Thewin la gloria de verdadero fundador de esta empresa, y no queremos desaprovechar la ocasión de hacer observar al público una coincidencia singular, que un poeta romántico no hubiera dudado atribuir a la fuerza del sino. Consiste, pues, en que habiéndose hecho la verdadera fundación de este Diario por dicho Thewin, puso su imprenta y redacción en 1786 en la Puerta del Sol, número 7, frente al Buen Suceso; y vemos que después de medio siglo, por una combinación casual de circunstancias, ha vuelto a situarse en la misma Puerta del Sol, número 7, si bien no en la misma casa, y sí tres o cuatro puertas más arriba; pero la nueva numeración de Madrid ha venido a suplir esta diferencia, dando el número 7 al actual despacho de este periódico.

Desde dicha época siguió tranquilo el Diario de Madrid en la posesión de entretener al público con anécdotas más o menos curiosas, secretos raros de artes y oficios, documentos históricos, y observaciones sobre todas las cosas observables. El famoso don Santiago Salanova, que le dirigió por algún tiempo, amenizaba los más de los números con acrósticos y ovillejos, que debían ser un pasmo en aquella época; Guerrero y Cacea, dos famosos ingenios de entonces, cuyos nombres ha denunciado a la posteridad el gran Moratín 18, terciaban en tan agradable tarea, ya ofreciendo al público tiernas endechas y lastimeras elegías «A la muerte del perro de Filis», ya retozando, en burlescas letrillas de estrambote y pie quebrado, sobre las faltas de las mujeres o las sobras de los maridos; y finalmente, el inagotable don Lucas Alemán, el Néstor de los poetas españoles, cerraba la función con sus relaciones y curiosos romances, que han sabido excitar la sonrisa de tres generaciones. ¡Felices tiempos, en que tan fácil era entretener a un público tranquilo, y de cuyas más fuertes sensaciones eran dueños Romero y Costillares, la Rita y García Parra! Entonces faltaban a los periodistas los asuntos en que ocuparse, y debía ser tal esta carencia, que vemos en un Diario de 1790 el ofrecimiento que hacía la redacción de la cantidad de diez reales a todo el que le comunicase un artículo o discurso sobre asuntos eruditos o curiosos, lo cual no dejaba de deponer en favor de la fecundidad de los redactores ya citados.

Mas, en fin, con un grado de interés mayor o menor, arribó tranquilamente nuestro Diario al famoso siglo XIX, y aún consiguió alcanzar sin interrupción hasta 10 de mayo de 1808, en que, a consecuencia de los notorios sucesos del 2 del mismo mes, fue envuelto en el trastorno general, y se empezó a publicar con carácter oficial por el Gobierno francés, en un pliego común y conteniendo noticias políticas. En estos términos siguió hasta 17 de junio del mismo año, en que se suprimió por aquel Gobierno, sustituyéndole por la Gaceta diaria: en 8 de agosto del mismo año, libre ya la capital de franceses, volvió a publicarse el Diario en la antigua forma de medio pliego, si bien conteniendo las noticias políticas que por entonces absorbían la atención, y habiendo perdido su carácter primitivo; mas, aunque después volvieron los franceses a ocupar la capital, no recibió el Diario nueva alteración, antes bien siguió tranquilamente durante la época de su dominación, y pudo en 1814 recibir en sus páginas las apasionadas coplas del elegíaco don Diego Rabadán, las de la musa sombrerera de Madrid, y otras de varios ingenios de esta corte, de cuyos nombres no queremos acordarnos. Pasó aquella época, vino la de la Constitución y nuestro Diario siguió tranquilo en medio de los vaivenes políticos, que le respetaron constantemente.

Sea por prudencia, sea por falta de dirección, fue escaseando los razonamientos [sic] y aun las coplas, y limitándose más bien a la inserción de avisos oficiales y particulares, que daban ya suficiente alimento para llenar el medio pliego, hasta que en la Gaceta de 28 de marzo de 1829 apareció el prospecto del Diario de Avisos de Madrid, y se notificó al público que S. M. había concedido el privilegio de su publicación por diez años a D. Pedro Jiménez de Haro, mediante una retribución anual para los establecimientos de Beneficencia. En dicho prospecto se anunciaba al público que el Diario en adelante no contendría ninguna especie de artículos razonados, sino simplemente los avisos del Gobierno y los anuncios de los particulares; y ha sido tan fiel a este propósito, que desafiamos al más lince a que en dicha serie de los diez años encuentre, no digamos un solo artículo razonado, pero ni una línea, una palabra sola en razón, por el notorio abandono de los anuncios particulares.

De aquí nacían aquellos chistosos despropósitos que hacían reír diariamente al público maligno de esta capital; en unas ocasiones se vendían «sombreros para niños de paja»; en otras, «medias para clérigos de lana»; «hábitos y cajas para difuntos completos y de medio herraje»; «zapatos para hombres rusos hechos en Madrid»; «camas de matrimonio con su cópula correspondiente», y otras a este tenor, de que cada uno de los lectores tiene en su memoria suficiente acopio, sin necesidad de más citas de nuestra parte.

Cumpliose en fin aquella década, y en 1º de abril del presente año, de gracia de 1835, a virtud del nuevo permiso concedido a D. Tomás Jordán, salió a relucir el Diario, doblando de un golpe sus dimensiones; y habrásenos de permitir el que, después de traer la historia de esta publicación, entretengamos ahora la paciencia de nuestros lectores sobre el objeto y utilidad de ella, y las mejoras que a nuestro corto entender ha recibido.

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